¿Qué hacer para ganar un caramelo?

Posted by tarrask on January 27, 2013 · 6 mins read

Traducción maravillosamente hecha por ella.

Ahora era fatal
Que lo hace-de-cuenta terminara así
Para allá de este patio
Era una noche sin fin
Pues entraste en el mundo sin avisarme
Y ahora yo era un loco a preguntar
¿Qué va a hacer la vida conmigo?
_Chico Buarque de Holanda y Sivuca, João e Maria

Yo era niño y siempre pasaba en bicicleta delante de una tienda de caramelos. Vendían también periódicos, revistas, pequeños artículos de plástico para regalo, juguetitos, pero lo que realmente me marcó fueron los dulces. Más que eso, la dulce sonrisa de la niña que atendía. Tenía nueve o diez años, y era hija del dueño. Como yo, debía estudiar por la mañana y tener las tardes libres, y frecuentemente estaba allí, ayudando el padre, y ganando un caramelo o un chicle como recompensa.

Todas las tardes yo estaba allí, comprando algo. Me quedaba nervioso en casa, preparado esperando que alguien dijera que quería algo de la tienda, para ir en una carrera desesperada hasta allá y verla.

Ella no siempre estaba ahí. En una tarde cálida, tras subir la cuesta de mi calle, yo pedía, triste, en una voz que casi no salía, cualquier cosa que me hubieran pedido, y volvía para casa, cabizbajo. La cuesta me llevaba, impulsado por una gravedad personal y cruel, que me alejaba y me hacía esperar un día más. Y allá me iba yo a inventar algo para hacer que el tiempo pasara más deprisa.

Pero cuando ella estaba, el mundo era diferente. El calor disminuía, y el volumen de una pequeña televisión que estaba siempre encendida incomodaba hasta el punto de que yo me quedase casi sordo. Era como si me concentrara completamente en ella, y no viera nada, sólo mis pensamientos, enfocados en ella. Entonces, yo intentaba acordarme de todo lo que ya había pensado decir, y me salían frases raras cómo:

” Me das un paquete de cromos y 20 céntimos de caramelo, por favor.

Ella me lo daba, sonreía tímida, yo lo cogía con prisa y con miedo a, lo que descubriría años después, ser feliz.

” Gracias.

Ella tenía el pelo moreno-claro-casi-rubio, de aquellos que bajo el sol caliente se parecen al fuego. La piel era de aquel blanco casi dorado, de quien toma solamente el mínimo sol suficiente para no parecer enfermo, y el rostro cubierto de pecas que me recordaban a un helado de stracciatella. Los ojos eran pedazos gigantes de chocolate ya medio derretidos. Vibravam. Algunas personas tienen los ojos de piedra preciosa, parecen canicas. Los suyos, no. Eran huecos y llenos de algún líquido derretido dentro. Yo aún creo que era chocolate.

Tardé más o menos unas dos semanas en tener conciencia de que vivía por y para ella. Que, por las mañanas esperaba que acabara las clases, llegara el calor de la tarde, el sol bajara un poco, para poder ir a comprar cualquier cosa. Y entonces iba a la casa esperar que acabara el día para que mañana llegara inmediatamente. Tardé dos semanas más pidiendo siempre la misma cosa hasta que decidí pedir aquel caramelo. Era marrón oscuro, de leche casi quemada, sabroso, bueno. Y volvía a casa con la boca llena de sueños, frenando para que la bicicleta no llegara inmediatamente.

Un día, saliendo de clase, con mi madre, pasamos por la tienda. Ella estaba allí. Mi madre compró unas revistas, el periódico, cosas de adulto que lee mucho y no ve el mundo de alrededor. Cuando yo estaba saliendo, la niña me extendió la mano y dijo en voz baja, para que el padre no viera:

” Te has olvidado tu caramelo.

” Gracias, dije tímido y asustado, pero muy feliz. Dentro de mi pecho, el corazón latía, saltaba y pululaba, ansioso por el chocolate. Ella me dio el caramelo, mi madre no me compraba dulces antes de comer. Yo, desde pequeño, pensaba más de lo que debía. Y durante un instante eterno, pensé se debería comerlo como agradecimiento o guardarlo, transformarlo en un tesoro y adorarlo todos los días para el resto de mi vida. Ella continuó mirándome y mi madre me llamó por mi nombre. Abrí rápido y me lo coloqué en la boca. Ella sonrió. Guardé el papel en el bolsillo y seguí rumbo a casa comiendo el caramelito prohibido.

Tras almorzar, descansé un poco, esperé a que mi madre se distrajese con algo, cogí la bicicleta y fui a la tienda. Su padre no estaba. Cuando me vio, la chiquilla sonrió. Apoyé la bicicleta en la puerta, sonreí. Sentía el miedo y el coraje rebotando en el pecho. Ella, otra vez, me preguntó:

” ¿Que tal el caramelo?

” Tenía el gusto de tus ojos.

El mundo se paró. Ella puso una cara de no haber entendido la tontería que yo había dicho. Me sentí el mayor idiota del mundo. Me subí otra vez en la bicicleta y volví a casa llorando. Fue la primera vez que una mujer partió mi corazón por culpa de mi manía de hablar de cosas raras.